Homo Economicus, El profeta (extraviado) de los nuevos tiempos

daniel-cohen_560x280Homo Economicus, es una clase de libro sobre economía divulgativa. Claro, no es de esos libros de “economía” que rayan en la, menospreciada, superación personal. Por el contrario, es un libro que te invita a cuestionarte, a despertar conciencias.  Porque es necesario conocer los problemas que nos aquejan y como resolverlos.

Si bien, su estilo es ensayístico, la lectura es ágil y sin problemas. El relato de Cohen, es de poco menos de 200 páginas (180 páginas efectivas si descontamos las que corresponden a las notas y biografía), donde a manera de pequeños ensayos, va hilando sus ideas a la vez que recoge relatos para ilustrarlas. Los capítulos cortos, sus ideas concretas, la prosa sencilla y los ejemplos claros, la hacen un lectura muy amena.

Como reza el título: “el profeta (extraviado) de los nuevos tiempos”, Cohen nos muestra que los profetas económicos, de cualquier ideología, están perdidos. Sin embargo, el desarrollo difuso del libro también nos invita a pensar que Cohen, quizás, lo está igualmente.

La globalización, el homo digitalicus, la fórmula democracia y capitalismo, desigualdades económicas y el  posmaterialismo, son solo algunos de los temas que Cohen aborda en su libro. Con tantos temas abordados nos surge una cuestión ¿Cual es la tesis principal del libro? El homo economicus, tal y como dice en el título.

homo-economicus¿Qué es el homo economicus? Un “monstruo antropológico”, un ser “racional”, constreñido y limitado por esa misma racionalidad. Es una abstracción, un modelo que la ciencia económica, principalmente la liberal, postula, y el cual posee tres características básicas: maximizador en sus opciones, racional en sus decisiones y egoísta en su proceder.

Un monstruo que como, acertadamente, describe Cohen, es llevado por su racionalidad y “amoralidad” a sugerir a los ancianos japoneses a vivir menos para evitar ser una carga, como sucedió con el ex-primer ministro japones, Taro Asso. O tal vez, en una versión más tropicalizada y familiar, la declaración del entonces secretario de hacienda, Pedro Aspe exclamó: “La pobreza es un mito genial”. Hoy se estima que alrededor de 50 millones de personas, más o menos la mitad de la población del país, no cuentan con un ingreso suficiente para satisfacer sus necesidades básicas, es decir, en condiciones de pobreza.

El origen del término puede ser rastreado hasta una de las obras cumbres de Adam Smith, “La riqueza de las naciones”.

“En todos los países donde existe una seguridad aceptable, cada hombre con sentido común intentará invertir todo el capital de que pueda disponer con objeto de procurarse o un disfrute presente o un beneficio futuro. Si lo destina a obtener un disfrute presente, es un capital reservado para su consumo inmediato. Si lo destina a conseguir un beneficio futuro, obtendrá ese beneficio bien conservando ese capital o bien desprendiéndose de él; en un caso es un capital fijo y en el otro un capital circulante. Donde haya una seguridad razonable, un hombre que no invierta todo el capital que controla, sea suyo o tomado en préstamo de otras personas, en alguna de esas tres formas, deberá estar completamente loco”

Es decir, que quien no piensa y toma decisiones para maximizar sus ganancias , solo puede ser porque esta completamente loco. Dicha maximización de los beneficios lleva a cuantificar todo en magnitudes económicas.  De tal modo que, la libertad, usada de forma inteligente, conduce a maximizar la utilidad de los individuos

Lo anterior nos lleva a un razonamiento que se puede encontrar que ha sido fundado por las teorías de David Hume, Adam Smith y en Bentham: “La riqueza genera felicidad”. Su idea se basa en el supuesto que todos los hombres buscan la felicidad, la felicidad se obtiene a través de la posesión, para poseer un bien se necesita la “propiedad”, la propiedad de un bien permite su intercambio, el intercambio se garantiza por el mercado, el mercado es movido por el dinero, y así es como se llega al resultado de que  el dinero nos proporciona la felicidad que la posesión permite.

El homo economicus, se ha convertido en el protagonista, sino es que el único, principal de nuestro mundo. Se trata de un ser que ha acaparado prácticamente todos los ámbitos de nuestras vidas. Si lo pensamos un poco, todos somos en algunas medida, mayor o menor, un homo economicus. ¿ Por qué? Porque la mayor parte de nuestras decisiones y modo de actuar viene determinado de algún modo por la economía.

“La riqueza no genera felicidad, pero la crisis si genera infelicidad”, bajo esta idea, Cohen denuncia la obnubilada y errónea visión que provoca el homo economicus. Una idea que,  como podemos constatar,  abiertamente va en contra de la visión de liberalismo clásico.

Sin embargo, la felicidad ha sido objeto de estudios de un sinnúmero de economistas y sociólogos, y lo que se ha encontrado es que, si bien, no se puede estar completamente seguro que la riqueza genera felicidad, si hay una estrecha correlación entre la prosperidad económica, la libertad y la felicidad. El trabajo de Bruno S. Frey, en su obra “Happiness and Economics: How the Economy and Institutions Affect Human Well-Being “, el cual, de manera muy general, arroja que la felicidad y los ingresos están estrechamente relacionadas. En pocas palabras, el dinero provee de muchos beneficios y oportunidades, un mejor estatus en la sociedad, la posibilidad de viajas y disfrutar de mejor comida, una mejor vivienda, mejor salud y entretenimiento.  Además, diversos estudios  indican que los ricos viven más. El dinero proporciona la posibilidad de cumplir deseos muy altos.

Otro trabajo que va en el mismo sentido es el de Ruut Veenhoven, en su obra “Happiness in Nations”, encontró que la prosperidad económica es un fuerte predictor de la felicidad. Basándose en una encuesta realizada en más de una docena de países, dio con cuatro variables: bienestar material, igualdad social, libertad y acceso a conocimiento o educación, las cuales explican en un 77% las variaciones en felicidad entre los países que fueron objeto de estudio.

Aunque, como señala Cohen, el dinero también puede producir una disminución de felicidad. A partir de cierto punto, el aumento de ingresos deja  representar, sino es que ya no representa, un aumento sustancial en los niveles de satisfacción personal y felicidad. Los altos niveles de felicidad se desvanecen con las cosas materiales.

La crítica de Cohen va, tal vez, más en el sentido de un mundo en el cual hacemos un lado otros aspectos relevantes y trascendentes de nuestras vidas, para concederle una mayor atención a las ganancias y al lado más salvaje y cruel de la competencia.

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Daniel Cohen.

Lo que nos lleva a otra de las ideas principales que Cohen sostiene. Existe un evidente desequilibrio entre cooperación y competencia. Cohen ilustra su idea con el célebre directivo de GE, Jack Welch, quien se enorgullecía al decir que cada año despedía al 10% de sus empleados, para así mantener intacto su “hambre” de éxito. En un caso más reciente, el escándalo de Wells Fargo, acusados de fraude por abrir miles de cuentas a sus clientes sin el consentimiento debido. Las metas poco realistas orillaron a sus empleados a recurrir a prácticas fraudulentas para cumplir con la cuota de ventas.

Cohen, al final de cuentas nos proporciona ciertas soluciones. Sus propuestas son de cierto modo de índole estatista o intervencionista. Por un lado denuncia las injusticias provocadas por el libre mercado, mientras por el otro calla las ocasionadas por Estado, celebra sus intervenciones. Su tesis no es clara, parece partir de la visión Hobbesiana: donde los hombres estarían siempre tirándose a la yugular, los unos a los otros, a no ser que un tercero independiente los pacifique ( es decir, el Estado). Aunque esta visión siempre termina deviniendo en una constante y permanente lucha entre el dominante y los dominados, dado su naturaleza. Es difícil saber que tipo de solución defiende, ya que parece optar por muchas ideologías contrapuestas, lo que contribuye, al menos en mi caso, a generar más confusión.

En conclusión, es un libro que comienza despertando un gran interés, pero que con el paso de las ideas cae estrepitosamente. Algunos capítulos son seriamente cuestionables, ya que resulta difícil entrever la relación que tienen con  la idea principal. Trata de construir un argumento abarcando muchos temas poco desarrollados. Además, sucede algo curioso, en general en todo el libro, pero mayormente en los primero capítulos, nos encontramos con un excesivo uso de citas y referencias de otros trabajos. La mayor parte del párrafo corresponde a ideas ajenas, lo cual siembra dudas en cuanto a su autenticidad, originalidad y criterio. No lo recomiendo, ya que de ningún modo ofrece una visión y solución innovadora.

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